El síndrome del final feliz

Tengo que reconocer que sufro del síndrome del final feliz, y creo que no soy la única. Los síntomas son sencillos de detectar: inmediatamente que conozco a un hombre con quien me gustaría entablar una relación, empiezo a imaginarnos juntos. Mi mente forma todo tipo de imágenes: imágenes de salidas, imágenes bajo las sábanas, imágenes de viajes juntos, por qué no.

Siempre en busca del preciado final feliz, como en los cuentos de hadas.

Si el éxito me acompaña y se da el primer encuentro, y ese viene precedido por otros, muchas veces se concretan las imágenes en pro del final feliz.

Otras el síndrome del final feliz condiciona las relaciones y terminamos decepcionadas de aquellas que no se comportan como un cuento de hadas moderno.

Pero el síndrome existe, y no creo ser la única que lo padece.

De amenazas y oportunidades

Es increíble como en un segundo puede cambiar todo lo planificado, o esperado, o simplemente deseado. A veces por obra del azar, otras por la voluntad ajena, y otras por motivos que desconocemos. Pero lo sí conocemos es que las circunstancias son otras. Radicalmente diferentes.

Al principio asusta, lo queremos negar, no lo aceptamos, y hasta nos peleamos con la realidad. O simplemente queremos correr, desaparecer, hacer de cuentas que nada pasó.

Pero esa realidad austera está ahí: dura, inmóvil como una piedra, sin ninguna intención de ceder.

Es ahí cuando tenemos dos opciones, o seguimos escondiéndonos o aprovechamos la situación. Dicen los chinos toda crisis encierra una oportunidad, por eso lo representan con el mismo ideograma.

Cada amenaza se puede convertir en una oportunidad. Está en nosotros tomar el cincel, dar lo mejor de nosotros mismos y aprovechar la oportunidad dejando nuestra huella.

Sincronicidad

En mi afán de entender e interpretar el mundo que me rodea, hay situaciones que no puedo explicar por una relación causa efecto. Ni siquiera puedo concebir que sean una casualidad, porque parecen estar directamente ligadas con otras situaciones pero aun así, no son su conclusión.

Sin ser su defensora a ultranza, tengo que reconocer que ciertas situaciones solo las puedo explicar por la sincronicidad, por esos eventos que están vinculados entre sí de manera acausal.

¿Cuántas veces pensamos en alguien con tanta fuerza y minutos después no llama por teléfono o lo cruzamos en la calle? ¿Cuántas veces extrañamos tanto a alguien que estamos convencidos que ese alguien también nos extraña?

Lo último que se pierde

“Lo último que se pierde es la esperanza” – Dicho popular

Por mucho tiempo pensé que la esperanza era la respuesta para muchas situaciones adversas. Ante un camino difícil o un objetivo que se vuelve esquivo, nos reconfortamos recordando que lo último que se pierde es la esperanza.

Esa frase parece ser la excusa ideal para continuar creyendo en amor imposible, mantener con vida una relación que claramente no funciona, o salvaguardar una situación que, si bien sabemos que no nos conviene, guardamos la esperanza que cambie como por arte de magia.

Con el tiempo me volví un poco escéptica, o tal vez más pragmática, pero a veces preferiría no creer en la esperanza como un valuarte de los sueños. Después de todo, si la esperanza es el consuelo del que sufre, como dice la Real Academia, debería ser lo primero que se pierda.

Ojalá fuera más fácil distinguir cuando vale la pena mantener la esperanza y cuando es mejor, dejarla ir. Ojalá fuera más fácil saber con exactitud cuando llega el momento de dejar de luchar contra los molinos de viento.