Siempre me llamaron la atención las miles de historias, personales, reales, del día a día, que encierra la Historia, esa que muchas veces estudiamos apurados en el colegio o revisamos curiosos en Wikipedia.
Siempre se habla de los hombres que escribieron la historia, con sus batallas, o su forma particular de gobernar, o de los que se destacan por las reformas o la unión entre pueblos.
Hay mujeres maravillosas que también cambiaron la historia, incluso con una fuerza más poderosa que el Rey de turno. Esto lo digo sin ninguna intención hacer de este espacio un pasquín feminista, ni entrar en la polémica de la ya trasnochada lucha de sexos.
Entre estas mujeres, siempre me fascinó la presencia, el carácter y las mil historias de Ana Bolena. Probablemente muchos la recuerden como una de las seis esposas de Enrique VIII, olvidando que por su causa fueron seis esposas, y no una, como marcaba el catolicismo imperante en la Inglaterra de la época.
Otros la rebajarán a una simple puta sobrevalorada, que, gracias a su tesón y ansias de poder, más que a sus virtudes, logró enloquecer al Rey. Un Rey obsesionado en que sus dominios tuvieran descendencia masculina, y ya alejado de su consorte del momento.
Así, Ana comenzó a tejer una telaraña siniestra, para pasar de ser una dama de la Reina, a ser, la Reina. Para esto el Rey movió cielo y tierra, se enfrentó a la Iglesia, al Papa en Roma, e incluso a su pueblo.
Mil días después de la boda entre Ana y Enrique, la trama siniestra que la propia Ana había comenzado, terminaría con su vida. Tan rápido como subió al poder, desafió el status quo, y fue Reina, pasó a ser ejecutada a las afueras de la Torre de Londres.
Muchos dirán que Ana no fue más que una puta sobrevalorada, y que simplemente sirvió de excusa para que Enrique VIII rompiera con Roma, y cambiara para siempre la religión y los destinos de la isla. Y otros, más románticos tal vez, pensarán que ella fue la causa de una de las reformas políticas y religiosas más importantes de la historia, todo por el amor de un Rey.