Palabras

Las palabras que no van seguidas de hechos no valen para nada” - Demóstenes


¿Cuál es el significado de las palabras? No me refiero significado que nos da el diccionario, la respuesta sería demasiado sencilla y yo bastante vaga al no procurarme la misma. Cuando digo “significado” me refiero al valor de las palabras, al valor de lo dicho, de lo pactado, de lo ya acordado.


Está claro que las palabras se las lleva el viento, pero creo que en definitiva somos los seres humanos los que dejamos que así sea. Las palabras dichas tienen un valor incalculable, las palabras de amor, de compromiso, de odio, de desprecio, de diversión o de lamento. Todas tienen un significado que debe ser respetado y no cambiado de acuerdo a la dirección que tome el viento de las circunstancias.


Tal vez alguien crea que sin compromisos se vive más liviano, con menos preocupaciones y con menos dolores de cabeza. No logro acostumbrarme a esta circunstancia.

Reglas de juego

Hay quienes crean las reglas de juego de manera unilateral, imponiendo las decisiones a su antojo, sin siquiera preguntar si el otro está de acuerdo. Otros en cambio, se enriquecen de las opiniones de los demás, generan nuevas reglas de acuerdo a las circunstancias de la pareja, grupo o multitud.

En cualquier da de los casos, desde el momento en que decidimos participar del “juego”, estamos aceptando sus reglas. Podemos cuestionarlas e intentar cambiarlas, pero partimos de la base que esas reglas existen y que debemos comportarnos de acuerdo a su consigna.

Nunca entendí a los hipócritas que cuando las cartas no salen a su favor, categóricamente deciden retirarse del juego. Puedo patalear, enojarme, necesitar escapar, pero sé que nada de eso da una solución al problema. Yo prefiero barajar, y dar de nuevo. A ver si la suerte, vuelve a estar de mi lado.

Los amantes

Siempre tuve mis dudas acerca del uso del a palabra “amante”. No es lo mismo el “amante” del buen cine que decir “Julián es mi amante”, sin embargo, continuamos empleado el mismo término una y otra vez.

Recuerdo cuando era niña y viendo la novela de las seis de la tarde, la increpé a mi madre si se amaban los amantes, a diferencia de los casados. Mi madre se mantuvo muda por un instante, sin pronunciar palabra, pero con una mirada que me indicaba que había preguntado algo que no se debía preguntar, o tal, que no era conveniente saber su respuesta.

Hoy me sigo preguntando lo mismo. Mucho cuestionamos a los infieles, a quien participa en la vida de otra persona únicamente siendo su “amante”. Pero en el mundo siguen existiendo los amantes. Amantes circunstanciales o reincidentes, amantes que esperan o desesperan, amantes que disfrutan la presencia o amantes que sufren las ausencias.

No pienso cuestionar la licitud o moralidad de los amantes, ni pretendo generalizar las relaciones, o dar por zanjada la discusión sobre la conveniencia de tener uno o muchos amantes. Simplemente, me sigo preguntando, si en definitiva no usamos la palabra “amante” para reconocer que, a su manera, se aman los amantes.



Las historias de la Historia

Siempre me llamaron la atención las miles de historias, personales, reales, del día a día, que encierra la Historia, esa que muchas veces estudiamos apurados en el colegio o revisamos curiosos en Wikipedia.

Siempre se habla de los hombres que escribieron la historia, con sus batallas, o su forma particular de gobernar, o de los que se destacan por las reformas o la unión entre pueblos.

Hay mujeres maravillosas que también cambiaron la historia, incluso con una fuerza más poderosa que el Rey de turno. Esto lo digo sin ninguna intención hacer de este espacio un pasquín feminista, ni entrar en la polémica de la ya trasnochada lucha de sexos.

Entre estas mujeres, siempre me fascinó la presencia, el carácter y las mil historias de Ana Bolena. Probablemente muchos la recuerden como una de las seis esposas de Enrique VIII, olvidando que por su causa fueron seis esposas, y no una, como marcaba el catolicismo imperante en la Inglaterra de la época.

Otros la rebajarán a una simple puta sobrevalorada, que, gracias a su tesón y ansias de poder, más que a sus virtudes, logró enloquecer al Rey. Un Rey obsesionado en que sus dominios tuvieran descendencia masculina, y ya alejado de su consorte del momento.

Así, Ana comenzó a tejer una telaraña siniestra, para pasar de ser una dama de la Reina, a ser, la Reina. Para esto el Rey movió cielo y tierra, se enfrentó a la Iglesia, al Papa en Roma, e incluso a su pueblo.

Mil días después de la boda entre Ana y Enrique, la trama siniestra que la propia Ana había comenzado, terminaría con su vida. Tan rápido como subió al poder, desafió el status quo, y fue Reina, pasó a ser ejecutada a las afueras de la Torre de Londres.

Muchos dirán que Ana no fue más que una puta sobrevalorada, y que simplemente sirvió de excusa para que Enrique VIII rompiera con Roma, y cambiara para siempre la religión y los destinos de la isla. Y otros, más románticos tal vez, pensarán que ella fue la causa de una de las reformas políticas y religiosas más importantes de la historia, todo por el amor de un Rey.