La teoría del borrador

Laura es una de las más fervientes partidarias de la teoría del borrador. La teoría es simple: una vez que se termina una relación, debemos borrar todo rastro de esa persona: regalos, cartas, mails, fotos, todo lo que nos recuerde ese período de vida en conjunto.

Así lo hizo con todos, pero con Gustavo dio un paso más en ese afán de evitar cualquier detalle que generara el más mínimo recuerdo: cambió el recorrido al trabajo, cambió de gimnasio, cambió de actividades, y cambió de casa. Laura estaba empeñada en borrar a Gustavo, y la logró. No a fuerza de su intención de borrarlo, sino porque Gustavo comenzó a frecuentar a otra señorita y rápidamente se olvidó de la dueña del borrador.

Y Laura, que por supuesto no se enteró de la nueva situación amorosa del “borrado”, conoció a un nuevo Gustavo. La relación funcionó bien durante los primeros seis meses, tiempo suficiente para que el nuevo Gustavo pasara a ser una versión desmejorada del anterior Gustavo.

Así, una vez más, Laura puso en práctica su teoría del borrador y se dispuso a deshacerse de fotos, papeles y demás recuerdos, en pro de volver a subirse a la calesita que la lleve a conocer al siguiente Gustavo. A quien, como es de esperar, borrará en su debido momento, sin dejar ni un borrón, más no sea para recordarle el camino recorrido, y que por algún motivo, ya no está en él.

Aprobación

“No puede el hombre sentirse a gusto sin su propia aprobación.” – Mark Twain

Como miembros de la sociedad estamos constantemente bajo la lupa de los demás, esa lupa que a veces aprueba y otras reprueba. Todos buscamos constantemente la aprobación de los demás. Sin ir más lejos en nuestro trabajo cuando esperamos que colegas, jefes, clientes o amigos nos den una sonrisa de satisfacción por nuestras tareas. Los amigos que aplauden nuestros aciertos, o la pareja que apoya y festeja como propios nuestros éxitos.

Esa aprobación, buscada conscientemente o no, parece ser el premio al camino recorrido o a la suerte que nos acompañó en el momento justo. Sin embargo, la aprobación no se puede convertir en el fin único y obligarnos a actuar en función de ella.

La aprobación es el premio, nunca el motivo.

Cuestión de elección II

De compras en un Shopping capitalino, me encontré con una amiga de la infancia quien al verme corrió efusivamente a saludarme. Después del abrazo correspondiente y las preguntas sociales de rigor: familia, amigos de ese momento y trabajo, me preguntó por mi “situación sentimental”.

Su cara cambió totalmente al escuchar mi respuesta: “no tengo pareja”. No dudo que realmente la pusiera triste saberlo o sus buenas intenciones cuando me dijo como llegó a decirme. Tampoco pongo en duda su certeza al aconsejarme “ya vas a enganchar alguno”,“bajar los requerimientos” o hacer como ella, que no tendrá el marido que soñaba, pero está casada.

Lo que sí me cuestiono por qué pensó que eso para mi era una carga o una situación descalificante en lo personal o socialmente hablando.

Pensé en conocidas, compañeras de trabajo, amigas, colegas, a quienes no tener pareja les resultó tan pesado que optaron por la primera persona que atinó a sonreírles. Y ahora, infelizmente en pareja, tratan de remontar una vida que no les favorece íntimamente, pero las deja bien plantadas en la sociedad.

Sé que es un tema trillado, pero creo que todo termina siendo una cuestión de elección. Elegir no conformarme con cualquiera es tan válido como la elección de aquella que sintió que la soledad le pesaba, y eligió emparejarse a toda costa, aun para ser infeliz.

Elegir no estar toda la vida esperando un ideal, pero tampoco conformarse con opciones inadecuadas en pro de mitigar la presión social. Elegir conocer a alguien nuevo o descartar las posibilidades ya existentes, elegir esperar alguien que radicalmente cambie mi mundo o elegir buscarlo desesperadamente.

Pero elegir sin mentirme, sin dejar de lado mis ideas o mis sentimientos, porque de ser así, no elijo nada y termino dejando que la sociedad elija por mí.

Frida

Frida Kahlo nació en una sociedad autoritaria y machista, donde ser mujer era un desafío, y ser mujer y artista, casi una ilusión. Nacida en una familia acomodada, inteligente y autodidacta, tuvo una vida colmada de infortunios, que retrató en cada una de sus pinturas.

No fueron las enfermedades ni el tranvía que la postró en una cama, lo que la marcó para siempre. Su mayor tortura fue su mayor fuente de felicidad: enamorarse de Diego Rivera. Enamorarse obsesivamente, en medio de celos, infidelidades y desprecio, haciendo que el amor y el odio, lejos de ser opuestos, se convirtieran en complementarios.

"Yo he sufrido dos accidentes graves en mi vida; uno, en un tranvía que me tumbó... el otro accidente es Diego", bromeaba Frida, tal vez intentando convencerse que los amores que matan nunca mueren.


Y morirme contigo si te matas
Y matarme contigo si te mueres
Porque el amor cuando no muere, mata
Porque amores que matan nunca mueren

Joaquín Sabina (Contigo)