Vuelta de página

Diciembre genera alegría, reencuentros, ansias, reflexión y tantas otras emociones más. Es un mes igual pero diferente a los otros.

Es el mes en el que se termina el trajín del año y deviene un tiempo de descanso. El mes de los proyectos y de la tortura por lo que no se hizo. El mes de los balances y la lista de ideas para el año siguiente.

Siempre lo viví así: un mes más pero con una vuelta de página. Vuelta de página personal o compartida, interna o externa, visible o invisible.

Brindo con ustedes, quienes del otro lado de la pantalla me acompañaron todo el año. Por sus vueltas de página que permitan generar cientos de historias nuevas.

¡Felices fiestas!

El síndrome del ahora

Basta con que diciembre comience a visualizarse en el almanaque para que me vea afectada por el síndrome del ahora.

Con la mayor ansia deseo que todo lo que postergué el resto de los once meses se cumpla en los próximos diez minutos, que se adelanten las reuniones de fin de año, que el brindis de Navidad no demore tres semanas y la licencia llegue antes de lo esperado.

Que por arte de magia mis compromisos laborales terminen rápidamente, que me enamore a la vuelta de la esquina, que los libros que descansan en mi mesa de luz sean leídos hasta la última página, y que este blog vuelva a actualizarse semanalmente.

La ansiedad hace que muchas de esas situaciones no se cumplan, algunas se posterguen más aun, y otras sean definitivamente descartadas. Sin embargo, esa misma ansiedad me genera el empuje y la inspiración necesarios para terminar de cerrar proyectos, y comenzar a gestar otros.

Durante diciembre quiero que todo se cumpla ahora, pero afortunadamente, el resto del año tengo claro que el “ahora” no necesariamente es sinónimo de cosecha, sino también se siembra, y riego diario.

Memoria

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.” - Jorge Luis Borges

La memoria es ese misterioso baúl de los recuerdos, donde nunca sabemos lo que quedará o que lo será desechado, sino hasta muchos años después.

El nombre de la primera maestra, el sabor del arroz con leche de la abuela, el perfume de la primera flor que nos regalaron. Esos recuerdos que atesoramos y a los que nos aferramos con tanta fuerza, como una forma de desafiar al olvido y no perderlos nunca.

Pero también parecen imborrables el dolor de la primera caída de la bicicleta, la tristeza de una ausencia, o la bronca de haber perdido.

A veces quisiera olvidarme de aquel que no me olvido, y recordar con más frecuencia lo que esporádicamente cruza mi mente. Aun así la memoria es selectiva, caprichosa, imprevista, paradójicamente sabia. Paraíso, infierno, purgatorio, todo puede permanecer o todo puede desaparecer.

La teoría del borrador

Laura es una de las más fervientes partidarias de la teoría del borrador. La teoría es simple: una vez que se termina una relación, debemos borrar todo rastro de esa persona: regalos, cartas, mails, fotos, todo lo que nos recuerde ese período de vida en conjunto.

Así lo hizo con todos, pero con Gustavo dio un paso más en ese afán de evitar cualquier detalle que generara el más mínimo recuerdo: cambió el recorrido al trabajo, cambió de gimnasio, cambió de actividades, y cambió de casa. Laura estaba empeñada en borrar a Gustavo, y la logró. No a fuerza de su intención de borrarlo, sino porque Gustavo comenzó a frecuentar a otra señorita y rápidamente se olvidó de la dueña del borrador.

Y Laura, que por supuesto no se enteró de la nueva situación amorosa del “borrado”, conoció a un nuevo Gustavo. La relación funcionó bien durante los primeros seis meses, tiempo suficiente para que el nuevo Gustavo pasara a ser una versión desmejorada del anterior Gustavo.

Así, una vez más, Laura puso en práctica su teoría del borrador y se dispuso a deshacerse de fotos, papeles y demás recuerdos, en pro de volver a subirse a la calesita que la lleve a conocer al siguiente Gustavo. A quien, como es de esperar, borrará en su debido momento, sin dejar ni un borrón, más no sea para recordarle el camino recorrido, y que por algún motivo, ya no está en él.