Contorsionismo

¿Hasta que punto estamos dispuestos a cambiar por la persona que amamos? ¿El amor puede cambiar a una persona?

Cambiar no significa cambiar de profesión, raparse la cabeza y hacerse budista. No estoy hablando de tales extremos. Hablo de ceder, dejar que el otro gane terreno, y pasar a ser una versión mejorada de uno mismo.

Pero hay una realidad imposible de desconocer: nadie va a cambiar por imposición. Ni nosotras ni el caballero de turno. No importa que en nuestra naturaleza femenina esté la tendencia por la educación del prójimo, el prójimo cambia solo si él quiere.

Y muy en el fondo eso lo sabemos. Así como también sabemos que nosotras podemos ceder y mejorar, pero nunca ser una contorsionista que se amolde 100% al hombre de turno.

La resistencia y el cambio

El cambio genera miedo, es una realidad que nadie (ni el más audaz) puede negar. Muchas veces ese temor nos paraliza, otras nos llena de adenalina, y otras nos genera ese sentimiento de resistencia, de no querer cambiar o no querer aceptar que el cambio es inminente. Nos resistimos a lo nuevo, a lo diferente, a lo desconocido.

Es ese miedo, esa necesidad de aferrarnos con uñas y dientes a lo conocido, esa necesidad de resistir, lo que nos lleva a que nosotros mismos construyamos nuestras murallas ante el cambio. Pero es necesario romper con lo anterior para seguir avanzando. Ya lo explicó Kuhn en su teoría de los paradigmas, o Bachelard con su idea de ruptura en el conocimiento.

Así es como avanzan las ciencias, y así se escribe la Historia. La Historia con mayúscula y los millones de historias con minúscula, de los millones de habitantes del mundo.

La resistencia al cambio es inevitable. Pero el cambio (inevitable también) es lo único que nos impulsa y nos permite avanzar.

La teoría del click

Ya sea por mala suerte, por enamorarme del incorrecto o ser demasiado crédula, mi vida amorosa no ha sido perfecta (ni nada que se le parezca).

Como ya me queda poco para la tercera década, no me faltan historias para contar, ya sean tropezones o momentos de éxtasis e genuina felicidad. Nadie me quita lo vivido, ni lo bueno ni lo malo (que de eso siempre se aprende). Pero tantos años buscando al príncipe azul, de creerme que el cuento de hadas iba a durar para siempre, y después terminar cayendo en la desilusión, es agotador.

Soy conciente que esto no solo me pasa a mí. Tampoco soy la única que se deshaga vía Blogger, porque tiene el corazón roto o está desahuciada porque todos los príncipes azules se le destiñeron. Tampoco voy a culpar a la liberación femenina, y decir que este mal comenzó desde que demostramos ser inteligentes y profesionales, además de lindas y buenas cocineras. No creo que los hombres nos tengan miedo, pero a veces siento que vamos en direcciones opuestas. Peor que eso, estamos caminando por calles que nunca se cruzan.

Y como es mal de muchas, en las reuniones de amigas, estos temas siempre surgen. Hace pocos días mi amiga E me explicó su teoría del click. La teoría es simple: después de una colección de fracasos, algo en tu mente hace “click”. No te queda nada por perder, y dadas las circunstancias empezás a mirar las cosas desde otra perspectiva. Te das cuenta que hay opciones que si bien siempre estuvieron frente a vos, nunca las habías considerado.

Y las opciones van desde invitar a salir al vecino del segundo piso que siempre nos sonríe en el ascensor y nunca nos animamos a preguntarle el nombre; hacer ese viaje que hace tanto queremos; aprender danza árabe; o simplemente disfrutar de estar soltera (terminemos de vivir la soltería con culpa!)

Después de todo, ni la vida ni los hombres no se acabaron el día que el último infeliz nos rompió el corazón.

Miembro fantasma

El síndrome del miembro fantasma explica como aun años después de la amputación de un miembro, la persona tiene la sensación que su miembro existe… como si esa parte de sí misma siguiera ahí… aunque ya no esté. Es un fantasma del cual uno no puede desprenderse totalmente.

En las relaciones humanas pasa lo mismo, y desde hace unos días me siento así. Después del “todo o nada”, por momentos tengo la sensación que él continúa siendo parte de mi día a día, y ante cualquier circunstancia que me lo recuerda termino buscando el celular con la intención de llamarlo, o pienso que en cualquier momento voy a recibir un sms preguntándome cómo estoy.

Sé que tomé la mejor decisión, pero ¿por qué es tan difícil desprenderse?