“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.” - Victor Hugo
Desde el comienzo de los tiempos, el ser humano se ensañado en descubrir que le depara el futuro. Para eso se basó en ideas filosóficas, religiosas, mágicas y hasta teorías sociológicas, explicando cuál es la consecuencia de determinados comportamientos sociales.
Civilizaciones enteras se construyeron en torno a la idea del destino, el elegido por ellos mismos, o el impuesto por los Dioses. El destino fatal, o el destino divino. El destino que está escrito y del que no podemos desligarnos, que forma parte de nuestro ser desde el día que nacimos, pero aún así, queremos saber hacia dónde nos lleva.
Cartas, borra del café, bolas de cristal, alineación de los astros, lectura de las manos. Todo sirve para develar el misterio del futuro.
Pero en definitiva, podemos proyectar, soñar, sembrar, intentar adivinar… pero el futuro solo es comprobable cuándo se convierte en presente. Y si supiéramos nuestro destino, el presente perdería su sabor.